martes, 27 de octubre de 2015

"LOS PATOS DEL PARQUE" 1ª PARTE

 Sus manos temblorosas lanzaban los pequeños trozos de pan al estanque de los patos. Trozos de pan que el día anterior había cortado minuciosamente. Siempre compraba de más, para lo que él comía le bastaba apenas una pequeña porción, pero aquello que hacía cada día era para él una ocupación que le entretenía su mente, divagaba sus recuerdos y le obligaba a salir diariamente. Pasaba el rato como buenamente podía, haciendo de pequeños rituales una obligación diaria. El pan, no lo dejaba que se pusiera duro para que así, el mero hecho de partirle no supusiera mucho esfuerzo, pues sus manos ya no tenían la fuerza de la juventud y el Parkinson no le dejaba muchas opciones más cómodas. Éste, si no estaba duro, se partía mejor. Luego, lo guardaba en la bolsa de plástico y lo apartaba en una esquina de la mesa de la cocina para el día siguiente. Limpiaba las migas y procuraba dejarlo todo recogido. Manuela siempre había sido algo quisquillosa con la limpieza.
Ella siempre tuvo sus manías.
¡Nunca llegó a pensar cuánto podrían llegar a doler algunos recuerdos!
Los patos, como si le conocieran, como si toda la vida hubiera estado con ellos, acudían presurosos intentando quitarse el pan unos a otros.
Después, se sentaba en uno de aquellos bancos del parque. Sentía el frío en su arrugado rostro y dejaba descansar sus recuerdos. Para él, aquellos momentos de soledad buscada, eran tan suyos como su pasado.
¡Qué hermoso estaba todo!
El otoño inundaba de colores amarillentos los campos y los árboles que aún mantenían sus hojas no caducas. No hacía el frío del invierno y se podía disfrutar de las tardes solariegas.
A esa hora, además, apenas había nadie aún por el parque y a él le gustaban esos momentos en los que estaba solo. No conversar con nadie. Pasear pisando las hojas caídas que el viento mecía. Sentir el aire en su cara y dejar pasar el tiempo, sintiendo el frío, oliendo a hierba y a campo, oyendo el ronroneo del río y dejar pasar el tiempo, siempre el tiempo. Julián, aquél jubilado amigo suyo de tardes enteras, solía salir más tarde, a el hombre le gustaba echarse una pequeña siesta, una cabezadita como él decía, después de comer. Por eso, él siempre salía primero; al fin y al cabo él también era un jubilado con sus manías..
Otras veces, cuando la soledad le embargaba, se acordaba de Manuela, su recuerdo estaba en cada hoja que miraba, en el silencio del río, cuando el agua bajaba mansa, al principio y al final del camino, y miraba al cielo, gris aquella tarde de otoño, y una lágrima se escapaba de sus ojos negros y cansados. ¿Por qué dolía tanto el recuerdo? Era como el amor de juventud que se sueña y no se tiene.
Julián estaría a punto de llegar. Le hablaría de su hija... de que no le deja comer esto ni aquello... de lo pesada que se puso antes de salir de casa porque no quería llevar la bufanda... de si se olvidó de sus medicinas.... y así, otra tarde.
Julián llegó y volvió a desahogar con él lo pesados que son los hijos y de lo que quieren mandar en los padres pensando que ellos ya no tienen capacidad de pensar por sí mismos.
Han vuelto a recorrer el paseo de la orilla del río, se han encontrado con otros jubilados que cada día hacen lo mismo, algunos son de los que están en el Geriátrico, y otros, que como ellos dejan pasar el tiempo al andar del camino.
Un saludo a uno, una parlada a otro, un "¿cómo vamos con esa gripe?" al de al lado. Y así paso tras paso.
Hoy el día está triste, a ratos el sol se quiere escapar tras los nubarrones como queriendo recordar que aún existe. Los rayos de sol, que parecen juguetear con las nubes, se escapan entre ellas y suavizan el frío aire de otoño que se levanta a escondidas como si quisiera ir avisando de su presencia poco a poco.
Apenas ha sido largo el paseo y a Julián, el catarro que cogió al principio del otoño y que al hombre le cuesta echar de su longevo cuerpo, no le deja andar los pasos que el buen hombre quisiera.
- Ya se nota que uno es viejo- le dice a su buen amigo. -¡Cuántos catarros curaron solos hace ya tantos años cuando trabajamos en la mina! Pero éstos pulmones, viejos y enfermos se han cansado ya de luchar solos y cada vez les cuesta más hacer cualquier esfuerzo. Nos hemos hecho viejos -le dice de nuevo. - Viejos y cansados. Pero a los hijos no podemos decirles nada, hay que seguir rugiendo como el viejo león aunque uno ya ni siquiera tenga fuerzas.
Entonces él se acuerda de sus hijos. Cuando vivía Manuela, venían cada poco a comer a casa con su madre y con él. Aunque fuera algún domingo. Ahora, sin embargo, todo ha cambiado tanto...
Se han sentado en aquél banco del parque de tardes enteras, el mismo banco sobre el cual se sienta él después de tirarle el pan duro a los patos del estanque. A veces, se acerca alguna paloma. Es bonito verlas, perseguidas por los niños, contoneando su cola...

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