domingo, 4 de junio de 2017

UNA NOCHE COMO OTRA CUALQUIERA Final

Unos golpes en la ventanilla derecha del mismo le hicieron volver en sí. Seguía con la mirada fija el lugar por el que unos minutos antes había desaparecido aquel jinete. Los nudillos de la mano del hombre volvieron a golpear en la ventanilla. «¿Es usted la nueva doctora, no? —María apenas asentía—. Nos dijeron que llegaría hoy. Aunque se ha demorado. La esperábamos ésta tarde. Sígame, solo está a dos kilómetros del pueblo».
María asintió con la cabeza y volvió a intentar arrancar el vehículo. «Está ya arrancado», oyó la voz del hombre. Colocó la primera y soltó el freno de mano. Siguió al hombre que tras hablar con ella se había subido al caballo y presuroso la marcaba que le siguiera.
«Por eso no han asfaltado el camino de acceso al pueblo —pensó—. Van todos a caballo».  Al final del trayecto, cuando ya entraban en el pueblo, apenas algunas farolas tenues de luz, alumbraban las calles. La oscuridad de la noche y la escasa iluminación del lugar, hacían de aquel pueblo la viva imagen de un lugar lúgubre y misterioso. Apenas unos metros antes de la entrada al mismo, un cartel presentaba el lugar: «Monteánimas». Siguió al caballo, tras recorrer un par de calles, detuvo el vehículo tras él ante las indicaciones del jinete. Bajó la ventanilla. «Deje el coche ahí mismo. Esa es la puerta de Juliana. Es la casa en la que se va a quedar —oyó que la decía». Tras estas palabras aquel hombre desapareció a lomos de su caballo por una de las calles. María se bajó del coche. El silencio era tal que ni siquiera había ladridos de ningún perro. Pensó para sí que aquello era extraño. Se acercó a la puerta y llamó. La mujer que la abrió cubría su cabeza con un pañuelo negro, el mismo color que el resto de la indumentaria de su cuerpo. «Coja su equipaje y pase. Hace horas que la estábamos esperando». Tras ella, la figura del mismo hombre que había aparecido a caballo en el camino. La profundidad de la mirada de sus penetrantes ojos negros la traspasaron tan adentro que la helaron.
Pasó tan cerca de ella que sintió el roce de su cuerpo con el suyo. Se acercó al coche y abrió la puerta del maletero. Cuando él cogió su equipaje, vio que su mano derecha estaba manchada de sangre.


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