jueves, 10 de noviembre de 2016

BAJO LA SOMBRA DE UNA MENTIRA Capítulo XIV

El médico había parado al ver al tío Matías sentado a la puerta de su casa, había agradecido el trago de agua fresca que le ofreció cuando le tendió el botijo y se había sentado con él. Eran muchos años los que el conocía, y tantos o más lo que le agradecía el haber sido el oído mudo que había escuchado sus penas. Pronto se dio cuenta de la discreción de aquel viejo, de su saber y de sus conocimientos. Le había ayudado más veces de lo que él creía y había tapado más de una lengua viperina cuando hablaban a sus espaldas de su desdicha. Así empezó todo. Yendo un día a su casa a darle las gracias por haber callado un corrillo de malmetía en chismes, sin saber. Su ama, había llegado a la casa contándole el hecho, y a él le faltó tiempo para ir a agradecérselo. El tío Matías jamás le había hecho preguntas, simplemente se había limitado a escucharle, y con el paso de los años había procurado que la pena no ahogara a aquél galeno, de corazón tan noble como grande, que a veces deambulaba como alma en pena. Bien supo él, que aquella mujer tan estirada poco pararía en el pueblo, lástima que el corazón nublara tantas veces a la razón; si no fuera así, el buen hombre no habría sufrido ni la mitad de lo que sufrió. Intentó ayudarle a que las heridas cicatrizaran más pronto que tarde y casi lo consiguió. Aquella mañana, el médico había llegado con su maletín en una mano y con la otra metida, a pesar del calor del día, en el bolsillo de la chaqueta, agarrando fuertemente algo con el mismo temor de un niño que agarra algo preciado porque teme que lo pierda. Tanto había apretado el sobre que la carta ya estaba bastante arrugada. El cartero del pueblo se la llevó a la consulta en el reparto de la mañana —apenas dos abuelas quedaban, que despachó bien enseguida— y abrió el sobre con ansia y miedo a la vez al ver el remitente que traía. Había dejado fluir las lágrimas de rabia y pena cuando acabó de leerla sin darse cuenta que la apretaba fuertemente con la mano que la asía llegando a arrugarla. Mejor así, porque si no las lágrimas habrían borrado la tinta. Se limpió la cara y estiró la carta volviéndola a doblar y metiéndola en el sobre. Cerró su consulta y giró por la calle donde sus pies, sin ninguna orden, ya sabían dónde iban.

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