martes, 19 de julio de 2016

DE COLOR NEGRO ( Final )

Julian chuperretea el cigarrillo entre los labios antes de apagarlo, sabe que no volverá a echar otro hasta que no salga del agujero. De uno en uno van metiéndose todos en la jaula esperando que ésta descienda hasta la galería donde cada cual impregnará  su cuerpo de polvo negro y sudor mientras sus brazos golpean la piedra adherida a la tierra o la cargan en las vagonetas para que éstas las suban a la superficie. Otro día más, y así año tras año, dejando que el día sea noche y la noche sean estrellas al calor de un hogar con el que sueñan cada hora desde que entran hasta que salen.

La jaula llega a la segunda galería. Jacinto y Juanillo se bajan, el muchacho siempre va detrás de él, apenas medio paso, pero siempre detrás. "Buenos días, Jacinto" -la voz del embarcador se deja oír apenas sin eco mientras éste abre la puerta de la jaula. "Buenos días, Pacual. Otro día menos que te queda" -le contesta-. "Ganas tengo, no sabes cuantas. En cuanto salga de aquí, marcho con la parienta allá a la capital con el hijo. ¡Quién me iba a decir a mí que conseguiría jubilarme y no me quedaría aquí abajo y me sacaran con los  pies por delante". "Calla, hombre. Eso ni se piensa" -le dice Jacinto mientras se despide de él con una cariñosa palmada en la espalda. Pacual ha cerrado la jaula, ésta baja a la galería siguiente. Vuelve su mirada hacia Jacinto y el muchacho, ahora apenas son luces que se alejan en las entrañas de la tierra.
Todo es silencio, se han quedado solos andando hacia su punto de trabajo, ni tan siquiera se percibe el sonido de sus botas sobre el suelo de la galería. Al muchacho le gusta hablar, pero respeta el silencio de su compañero. Sabe de la angustia vivida por éste los últimos días con la enfermedad de su pequeño. Horas quedan por delante para conversaciones, incluso la hora del bocadillo. Cuando llegan al corte, comienzan a trabajar. Jacinto comprueba el estado del terreno una vez dada la pega. Utiliza una barra de acero para sanear y va tirando las piedras sueltas. Juanillo le observa. Hace poco tiempo que le conoce pero presiente que no tiene la cabeza en el trabajo. Van cayendo los fragmentos que son inestables y el muchacho va cargando el material en los vagones. Cuando regresa, el grito de Jacinto se oye rompiéndose en eco. Juanillo corre haciendo desaparecer los metros que le separan entre los vagones y su compañero. Jacinto se queja del dolor que recorre su cuerpo, contempla su pierna aprisionada bajo unas piedras. Apenas oye a Juanillo que balbucea palabras interlineadas mientras va quitando las piedras con sus propias manos. La sangre humedece el polvo, el color negro del carbón es tan fuerte que ni tan siquiera se deja teñir del color de la sangre. La herida es abierta. El hueso astillado. Ni tan siquiera la herida es limpia. Jacinto apenas oye las palabras de Juanillo que se pierden por la galería, apenas ve ya su figura,  sólo la luz de la lámpara. Busca. Mira a un lado y otro sin saber lo que realmente busca. Todo es negro. Todo es de color negro. Cierra los ojos y piensa en el pelo enmarañado de María sobre la almohada, apenas iluminado por el reflejo de la luna. Sueña con ella, con su pequeño, con Marcos, mientras la sangre sigue empapando el polvo negro. Negro, piensa. Da lo mismo el color de la sangre. Aquí abajo todo es de color negro. Llora como un niño y le da igual. Piensa en que llegó de noche, la negra noche. La mina, el carbón. Vuelve a cerrar los ojos y busca los de María, los de su pequeño, en ellos pensaba cuando le cayeron las piedras. Estaba demasiado distraído, demasiado cansado. Apenas llevan un par de horas dentro. ¿Y María? Su María. No ha dejado de pensar en ella. Cuando oigan el sonido de la sirena, la señal que indica que ha habido un accidente en la mina, todos correrán hacia la mina y ella entre ellos. Ya lo saben. Sus corazones se acelerarán sin poder impedir que les abrace el miedo. No ve a Juanillo que avanza por la galería junto al embarcador. Deja que levanten su cuerpo. Percibe voces en susurros, y siente que se adormece. Demasiada la sangre que ha perdido. Colocan su cuerpo con ayuda del vagonero sobre una carrucha de madera. Ya está. Ya queda menos. María... María... Cuando la jaula llega arriba, la luz del día le hace daño en los ojos. Le han sacado entre varios. Sabe que la pierna se la han colocado como han podido y cubierto con trapos para que dejara de sangrar. Oye las voces, su nombre. La voz del médico que da órdenes. Pero, ¿y María?
Siente la piel fina de unas manos que le agarran una de las suyas. Vuelve a abrir los ojos. El rostro inundado de lágrimas silenciosas de María le contempla sonriéndole.
Las nubes mitigan los rayos de un solo que perezoso, se esconde entre las mismas. Sonríe. Se deja abraza por un día donde su luz mitiga un dolor que ahora apenas percibe. Atrás quedó todo. Aquella oscuridad. Todo... de color negro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario